TOC

14 Jul

Respondió al correo electrónico, y, tras redactar su parte, se dedicó a subsanar una por una todas las faltas de ortografía de la copia del correo original que había a continuación del texto que acababa de escribir. No es que pretendiera enmendarle la plana al destinatario -que también- pero ante todo no podía soportar la idea de reenviar un texto con tales incorrecciones.

A continuación salió hacia la consulta del dentista, pero llegó antes de tiempo. Durante la espera se levantó un par de veces a rectificar la posición de un cuadro de cacería situado frente a él, y tres veces a corregir la posición de una figurita de Lladró horrorosa que había bajo el cuadro. “Se puede tener mal gusto, pero ser así de desordenados es imperdonable“, dijo, sin querer, en voz alta. La recepcionista lo miró entre sorprendida e inquisitoria. Él sonrió mostrando ostentosamente sus piezas 13, 12, 11, 21, 22 y 23, que se había numerado con marcador imborrable antes de salir de casa (no fuera a ser que el odontólogo se equivocase al transcribir su informe al ordenador).

Mientras volvía hacia su barrio recogió una bolsa de patatas fritas y un par de latas vacías que encontró tiradas en la calle, y las dejó en una papelera; “malditos guarros, aunque… ¿estaré quitando puestos de trabajo con esto que hago?, y por otro lado ¿habré contraído alguna variedad de hepatitis al tocar las latas de las que otros bebieron?, ¡he de lavarme urgentemente con alcohol!“. En el ascensor intentó pulsar el botón con el codo, para no transmitir a nadie la grave enfermedad de la que estaba seguro de ser portador… pero no acertó, y cuando estaba agachado intentándolo con la nariz, abrió la puerta esa vecina de su mismo rellano de la que estaba perdidamente enamorado. Dejó que ella pulsara, y se giró hacia la esquina del ascensor, dándole la espalda y mirando al suelo. El viaje se le hizo eterno, al llegar al piso de ambos él susurró un “hasta luego” con la cabeza encajada contra la esquina, y no quiso bajarse, a pesar de que ella sabía perfectamente que el vecino rarito vivía en la puerta de al lado.

Aquella tarde, tras desinfectarse convenientemente, salió a dar una vuelta al parque… pero la visión de un par de corredores sudorosos por el calor y el ejercicio le provocó nauseas, y tuvo que volver a casa. Eso sí, lo hizo sin acelerar el paso: no quería deshidratarse y entrar en coma, porque si se desmayaba no podría dar explicaciones sobre sus síntomas a quien lo encontrase, y los médicos del SAMUR seguro que erraban con el diagnóstico y le administrarían medicamentos en vena que acabarían de matarle. Así que caminó muy despacito y con la espalda pegada a las fachadas, como si estuviese guardando el equilibrio sobre un estrecho zócalo a 20 pisos de altura, para mofa de varios grupos de adolescentes con los que se cruzó.

Por la noche había quedado con la gente del grupo de terapia. Anduvo pensando largo tiempo si acudir o no, porque el pasar unas horas con gente tan maniática como él le impedía más tarde conciliar el sueño. Finalmente fue al restaurante acordado, y se portó bien hasta los postres: llegados a este punto no pudo reprimirse y tuvo que hacerle ver al camarero que el verdadero tiramisú ha de tener el bizcocho empapado en una mezcla de café y grappa, y que eso que le habían servido no era tiramisú ni era nada. Otro compañero se quejó de las arrugas del mantel, algo totalmente inaceptable que le había amargado la cena, y un tercero protestó por la pésima iluminación del local, y por el excesivo frío: estaba seguro de que el termostato estaba fijado a una temperatura menor que los 26° estipulados por el Real Decreto 1826/2009, así que cumplimentó una hoja de reclamaciones. El encargado les hizo una fuerte rebaja en la cuenta, y les rogó que no regresaran en un tiempo, digamos hasta el año 2030.

Lo último que hizo antes de acostarse fue escribir una frase que resumiera los progresos del día, tal y como le había sugerido su psiquiatra. Según el doctor valía cualquier tipo de soporte o medio para este desahogo, desde un diario en papel hasta el ordenador: “hoy solo me llamaron rompepelotas 5 veces, es la mitad que el sábado pasado: o me estoy volviendo normal, o el mundo se está adaptándo a mí
… lo que no llegó a comprender muy bien fue ese éxito, lo de los 564 retweets al día siguiente.

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Una respuesta to “TOC”

  1. Alberto 15 de julio de 2013 a 8:11 PM #

    ggggggggg (emoticono con pulgar arriba)

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