Complejo de mediocridad

14 Ago

Era un hombre de mediana edad, de clase media, sin pareja, sin hijos, en un país desarrollado cualquiera. Desde luego, gracias a los documentales de la televisión, apreciaba la suerte de no pertenecer a la clase marginal de un país pobre, pero, también gracias a lo que veía en los medios, lamentaba no ser alguien rico e influyente… desde su pequeño piso en su mediana ciudad anhelaba tener una vida itinerante entre sus soñadas casas de Vermont, Orange County, Notting Hill y Le Marais. “Cuando tienes 18 años puedes aún serlo todo, lo eres todo en potencia, pero cuando te acercas a los 40 queda claro lo que has alcanzado tras quemar tus oportunidades”, se decía. Y como la frustración es siempre proporcional a la ambición, él estaba realmente amargado: en el fondo se despreciaba a sí mismo con el mismo clasismo con el que miraba a los “mediocres” por encima del hombro. Realmente no entendía cómo aún no había dado con la clave para que el mundo se rindiera a sus pies, mientras otros insultantemente jóvenes eran adorados por las masas. Había probado los actuales placebos para el ego, pero sus cero seguidores en twitter y las cero visitas a su perfil de ‘aboutme’ le recalcaban el (para él incomprensible e injustificado) ninguneo de la sociedad. Y para colmo notaba cómo las mujeres ya no le miraban en absoluto como antes: tras haber resultado siempre atractivo, en esto también pasaba a ser uno más… alguien “del montón”.

En su correo había huellas de historias tórridas que hubieran desatado el escándalo de haberse filtrado desde el buzón de entrada del presidente de EEUU. Pero estaban en el suyo, y a nadie le interesaban.

En su habitación había compuestos químicos que, de haberse encontrado en un cometa o en Marte, hubieran dado pie a una noticia portada de la revista Science. Pero estaban en la Tierra, en mil lugares.

En su currículum había logros y descubrimientos que, de haberse producido 50 años antes, hubieran revolucionado su sector profesional. Pero de nada sirve ser el enésimo.

No era nadie, o, mejor dicho, sí era alguien, pero tan solo uno más, y eso no era ni mucho menos suficiente para él, el puto tarado necesitaba destacar, acaparar titulares. Así que, decidido a acabar con su anonimato, subió el trecho de escaleras de acceso al casino, cruzó el control de entrada con su pase de prensa falsificado, y se aproximó a él al tiempo que tanteaba la culata del revólver en su bolsillo…

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