De domadoras y ronzales

7 Sep

Desde niño notó el poder de ellas sobre ellos. Era una fuerza sutil, basada en coqueteos casi imperceptibles, pero que anulaban la voluntad de los hombres. Ni siquiera hacía falta una promesa, ni dejar entrever posibilidades imposibles… bastaba con sembrar la imaginación de los esclavos de la testoterona con pequeños gestos: reír sus tonterías al tiempo que una se lleva la mano al pelo para colocárselo tras la oreja, tocar el antebrazo del interloculor y aproximarse a él para susurrar con aire de confidencia, probar en el espejo del ascensor hasta dónde dejar desabotonada la blusa llegando al límite de lo prudente.

Percibió todo esto ya de pequeño, y quiso tener también ese poder, así que al cumplir los 18 dedicó el dinero que dormía en una cuenta corriente desde el día de su comunión a llevar a cabo la transformación que le llevó a llamarse Josefina.

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